La depresión se produce por una pérdida o por la consecución de sucesos negativos continuados.
La persona pierde algo subjetivamente importante para él/ella.
Puede ser algo material, algo personal, profesional, puede ser una expectativa, una ilusión (un trabajo, una persona querida, cambio de ciudad, amistades, salud, algo que esperaba de la vida o de mí mismo y no ha sucedido).
Ante cualquier pérdida importante para la persona aparecen la tristeza, los pensamientos negativos y la apatía.
La persona se siente triste, sin ganas de hacer cosas y aparecen también pensamientos negativos sobre uno mismo, los demás el mundo y el futuro.
Esto es normal y cualquiera puede tener estos pensamientos y emociones ante la pérdida de reforzadores significativos.
Esta situación de pérdida puede ser manejada de forma adaptativa reconociendo y aceptando la pérdida con la consiguiente «vuelta a la normalidad» o perdurar los sentimientos y pensamientos negativos ante la pérdida dando paso a la inactividad y a la depresión y produciendo un cambio en los neurotransmisores que regulan el estado de ánimo.
La persona deja de realizar actividades que antes hacía, bien de ocio, bien «obligaciones».
Esta inactividad supone más pérdidas de gratificaciones (se deja de realizar actividades agradables, relacionarse, las obligaciones también se abandonan o se hacen «a medio gas») de manera que se crea un círculo vicioso en el que la persona cada vez deja de hacer más cosas, tiene más pérdidas y cada vez está más triste y apática.
Los síntomas que nos pueden hacer pensar en una depresión clínica son: estado depresivo la mayor parte del día, tristeza, disminución del interés, pérdida importante de peso, apatía o falta de ganas de hacer cosas, pensamientos negativos, irritabilidad, trastorno del sueño, fatiga o perdida de energía, sentimientos de inutilidad, de culpa, dificultad para pensar o concentrarse, pensamientos recurrentes de muerte.