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Perdonar alivia el alma

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El psicólogo Robert Enright creó el Instituto Internacional del Perdón en 1994 con el fin de aplicar años de investigación en la práctica del perdón. Realizó estudios con mujeres que habían sufrido abusos sexuales en la infancia cuyos resultados científicos demostraron que la terapia del perdón reducía los síntomas de ansiedad y depresión que estas mujeres habían sufrido durante años.

El perdón es un recurso terapéutico que empleamos con frecuencia en la clínica para curar heridas como la rabia y el resentimiento que puede darse a muchos niveles, desde grandes heridas de años de duración por actos abusivos traumáticos hasta pequeños actos cotidianos.

La rabia hacia el ofensor, las ganas de castigarlo o vengarnos, la necesidad de hacer justicia o el dolor por la ofensa así como la pérdida de la persona que nos ha ofendido constituyen una carga para la víctima y pueden ocasionar secuelas como la ansiedad, la depresión, la culpa y la hostilidad.

El perdón se consigue por medio de la modificación de los pensamientos, sentimientos y conductas negativas en relación al ofensor. La víctima decide libremente considerar al ofensor con compasión, benevolencia y amor.

El cambio de los pensamientos sobre el agresor es parte importante del proceso. Considerarlo en su totalidad como persona y no sólo como actor de la conducta ofensiva, ponerse en su lugar, comprender su idiosincrasia, su pasado, su historia de aprendizaje, su educación, su entorno.

El resultado final de trabajar el perdón es que la víctima cambia su interpretación del hecho ofensivo y del ofensor pasando página y restando valor a ambos en su vida y recuperando su libertad y bienestar.

El hecho ofensivo o abusivo no se olvida pero el perdón puede hacer que aflore con poca frecuencia a la conciencia y con menos dolor. No se trata de que el recuerdo de la ofensa vaya exento de emoción negativa pero pasa a ser una emoción controlada o moderada. Al no perdonar damos excesiva importancia al ofensor en nuestras vidas y quedamos atados a él restando espacio a nuestra libertad y en casos de graves traumas quedan bloqueados los objetivos personales.

Buscar un motivo del comportamiento ofensivo e intentar explicar las acciones del otro desde nuestro punto de vista hará que no entendamos su comportamiento o lo juzguemos como incomprensible quedando atrapados en el resentimiento y la rabia. Ponerse en el lugar del agresor ayuda a entender mejor su comportamiento y a perdonar liberando al ofendido de las emociones negativas como la rabia, el resentimiento, el rencor y la sed de venganza.

Las consecuencias  de no perdonar son la rabia, la culpa, la hostilidad, el resentimiento, las ganas de venganza y en definitiva sentimientos que acompañan al ofendido allá donde va restando libertad y bienestar. La ansiedad, la depresión y los síntomas psicosomáticos son también efectos del resentimiento prolongado durante tiempo.

Tampoco se trata de una reconciliación o de recuperar la relación o exonerar de la responsabilidad de su conducta al ofensor, sino de valorarlo en su justa medida sin que nos afecte emocionalmente.

Los beneficios del perdón son muchos y entre ellos la paz interior, la tranquilidad, la disminución de síntomas psicosomáticos la satisfacción con uno mismo y el bienestar personal.

 

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