Comunicación positiva con nuestros hijos: cómo mejorarla en el día a día
La comunicación positiva con nuestros hijos está presente en muchas situaciones cotidianas. Pensemos en cuántas veces ponemos un límite, pedimos que hagan algo (a veces diez veces), intentamos saber qué les preocupa o hablamos sobre una conducta que nos preocupa o queremos ayudar a cambiar.
Hay momentos en los que sostener esa forma de comunicarnos cuesta más. La vuelta al colegio, un cambio de horarios, una etapa con más responsabilidades o simplemente el cansancio pueden traer más discusiones y resistencia ante algunas tareas. En esas situaciones importa lo que pedimos, pero también cómo lo hacemos y qué puede estar necesitando el niño, niña o adolescente.
¿Qué entendemos por comunicación positiva con nuestros hijos?
Comunicarnos de forma positiva es hablar con claridad y respeto, escuchar antes de responder, reconocer lo que el niño o adolescente siente y expresar qué esperamos de él sin recurrir a etiquetas, comparaciones o descalificaciones.
Poner normas, marcar límites y corregir conductas forma parte de esa comunicación. Positiva no significa pasiva.
Una revisión sistemática de 37 estudios encontró asociaciones entre la calidad de la comunicación percibida por los propios adolescentes y distintos indicadores de salud mental. Los autores señalan la comunicación entre padres e hijos/as como una variable relevante tanto en la evaluación como en la prevención
Antes de corregir, intentemos entender qué está pasando
Cuando una conducta genera conflicto, es fácil concentrar toda nuestra atención en conseguir que cambie cuanto antes.
Si tarda mucho en prepararse por la mañana, queremos que se dé prisa. Si protesta con los deberes, queremos que empiece. Si responde mal, queremos que deje de hacerlo.
Antes de intervenir, puede ayudarnos observar qué más puede estar ocurriendo. Puede estar cansado, preocupado por algo que ha pasado en el colegio, frustrado porque una tarea le resulta difícil o adaptándose a algún cambio. En otros casos puede haber dificultades de atención, organización, aprendizaje o ansiedad que necesiten una mirada más específica.
Comprender el motivo, desde cuándo ocurre y en qué situaciones se repite, nos permite decidir mejor cómo responder.
Por ejemplo, si un niño rechaza separarse de sus padres y aparecen miedo intenso, molestias físicas o evitación de actividades que antes realizaba, puede ser útil valorar si existe una dificultad relacionada con la ansiedad por separación.
Escuchar y validar también forma parte de poner límites
Validar significa reconocer lo que está sintiendo antes de intentar corregirlo o quitarle importancia. Podemos entender que un niño esté enfadado porque quiere seguir jugando y mantener la hora de irse a dormir. También podemos reconocer que los deberes le resultan pesados y ayudarle a organizarlos sin dejar de pedirle que los haga.
A veces respondemos rápidamente con frases como “no pasa nada”, “no tienes motivos para ponerte así” o “eso es una tontería”. Aunque la intención sea tranquilizar, puede ser más útil empezar por hacerle saber que hemos entendido lo que le ocurre: “veo que esto te preocupa” o “sé que hoy te está costando”.
No siempre tenemos que llegar inmediatamente con una solución. Preguntar qué le ha molestado, cómo se siente o simplemente hacerle saber que comprendemos lo que está viviendo puede abrir un espacio para hablar. Después podremos orientar, buscar soluciones o mantener el límite que sea necesario.
¿Qué podemos hacer cuando necesitamos corregir una conducta?
Incluso cuando hablamos con respeto habrá enfados, protestas y días en los que tendremos que repetir las cosas. Tampoco los adultos responderemos siempre como nos habría gustado.
Puede ayudarnos:
- Describir la conducta concreta, en lugar de definir al niño. “La habitación sigue sin recoger” es diferente de “eres un desastre”.
- Explicar qué esperamos que haga. En vez de quedarnos en “deja de molestar”, indicar qué alternativa queremos que aprenda.
- Reconocer cómo se siente, aunque el límite se mantenga.
- Dar una razón cuando pueda ayudar a comprender la norma, especialmente a medida que crecen.
- Prestar atención también a aquello que hacen bien. El esfuerzo, un pequeño avance o una tarea que han empezado a hacer solos pueden pasar fácilmente desapercibidos.
Cuando el conflicto se concentra alrededor de los deberes, reconocer los avances y prestar atención a las conductas que sí queremos reforzar puede ayudar a que el estudio no quede asociado únicamente a recordatorios, riñas y correcciones. Psicólogos Valencia Clínica Miralles
¿Y qué conviene evitar?
Hay expresiones que usamos por cansancio o frustración y que pueden terminar pesando más de lo que pensamos. “Eres vago” o “eres desordenado” presentan esa característica como algo que define al niño. “Hoy estás más vago” la sitúa en un momento concreto. Y “te está costando empezar” describe todavía mejor lo que estamos viendo y deja espacio para el cambio.
Conviene cuidar también las generalizaciones “siempre haces lo mismo”, “nunca escuchas”, las comparaciones con hermanos, amigos o compañeros y los mensajes que retiran el afecto o convierten un comportamiento concreto en una valoración global sobre el niño. Podemos enfadarnos, poner consecuencias y mostrar desacuerdo. La clave está en señalar aquello que ha ocurrido sin hacer sentir al niño que el problema es quién es.
Cuando sentimos que ya no sabemos cómo hacerlo
Las discusiones y las etapas de mayor fricción forman parte de la convivencia familiar. A medida que los niños crecen cambian sus necesidades, sus responsabilidades y la forma de relacionarse con nosotros. Una manera de poner límites que funcionaba hace un año puede necesitar ahora algunos ajustes.
Cuando los conflictos se mantienen, ocupan buena parte de la convivencia o empiezan a afectar al bienestar del niño o adolescente, sus estudios, sus relaciones o la vida familiar, conviene valorar qué está ocurriendo.
Desde Psicología Infantil de Clínica Miralles podemos acompañar a niños, adolescentes y familias para comprender qué está pasando y encontrar pautas ajustadas a cada situación.
La comunicación positiva con nuestros hijos se construye en la convivencia diaria. También después de los enfados, cuando podemos volver a hablar, revisar lo ocurrido y probar otras formas de entendernos.