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Normas, límites, castigos y autoridad

Qué limites fijar y, sobretodo, cómo hacerlo es, hoy en día, una de las más grandes preocupaciones a las que, padres y madres, nos enfrentamos. ¿Me habré pasado? ¿hasta dónde puedo llegar? ¿es negativo el castigo? Esta situación genera, demasiadas veces, un sentimiento de ineficacia, de culpabilidad y otras respuestas demasiado permisivas, agresivas o fuera de lugar.

Veamos a continuación qué significa poner límites y normas:

Normas y límites:

Toda sociedad necesita tener sus normas y límites que sean el marco dentro del cual las personas vivimos y nos relacionamos unas con otras. Son normas y leyes claras, que no admiten muchas interpretaciones y que nos dan seguridad.

Estas normas están, como característica primordial, asociadas a un castigo o responsabilidad por incumplimiento, consiguiendo que cada cual sea responsable de las consecuencias de sus conductas.

Por ejemplo: El que tu hijo llegue más tarde de la hora a casa, puede tener una consecuencia inmediata, comunicada de antemano: el próximo fin de semana no saldrá.

Esta norma, correctamente entendida no es un castigo a una acción. Está en manos de tu hijo tener la posibilidad de salir el próximo fin de semana. De la misma manera que sabe que si no llega a la hora, es él que está decidiendo asumir la consecuencia de sus actos. Es decir, si conocen las consecuencias de su incumplimiento, son ellos los que eligen qué hacer y serán responsables de lo que ocurra.

 ¿Cómo son las normas en casa? ¿Quién las pone?

La experiencia nos dice que cuando los hijos e hijas participan activamente en la elaboración de las normas, en la familia, o centros escolares, el grado de cumplimiento es muchísimo más alto, presentándose menos problemas.

Sin embargo, demasiadas veces, somos las madres y los padres quienes unilateralmente elaboramos e imponemos las normas. Y son normas que no entienden, con las que no están de acuerdo y que, a veces son innecesarias, superfluas o poco adecuadas.

Otras veces no está hablado de antemano cuáles serán las consecuencias de jugar con el balón en el salón o, pintar las paredes de casa o, mentir deliberadamente para eludir un castigo. Esto hace que nuestra reacción, en caliente, fije un castigo excesivo e injusto.

El problema principal es la falta de coherencia de los padres y madres que amenazan excesivamente y que llegado el momento, no cumplen con la sanción impuesta por comodidad, pena o cualquier otra causa.

Resumiendo, una familia en la que se castigue sin avisar, exigiendo muchas normas con las que hijos e hijas no están de acuerdo, y en la que se relaja o se evitan las consecuencias de sus conductas negativas es totalmente incompatible con un ambiente mínimamente disciplinado.

Habitualmente el número de normas en cada familia suele ser enorme. Tantas que su cumplimiento resulta imposible. Como también es dificilísimo y negativo dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a perseguirles recordándoles cada una de ellas. Recoge las zapatillas, lávate los dientes, ¿Te has lavado las manos?, haz los deberes, no te levantes tanto de la silla…convertimos las normas en una serie de órdenes, y con ello les acostumbramos a que lo que tienen que hacer se hace cuando tú les avisas. Otras veces en vez de órdenes, son quejas: ¿todavía no has acabado de vestirte?, ¿es que te tengo que decir todos los días que lleves el vaso del desayuno a la cocina?

Frecuentemente se trabajan como amenazas: si no te quitas los zapatos al llegar a casa, despídete de ver los dibujos animados, vuelve a mentirme y te quedarás diez días sin la consola, si vuelves a dejar tirados los calzoncillos en el cuarto de baño te … Y para empeorar el efecto, la mayor parte de las amenazas no las cumplimos.

Esto se convierte en un juego entre hijos e hijas y padres y madres. Un juego con reglas cambiantes, que dependen más de cómo he pasado el día, cómo me siento y lo cansado que pueda estar. Un juego que solemos perder padres y madres.

Por tanto, para hacer la disciplina más flexible y firme tenemos que tener en cuenta una serie de aspectos esenciales.

  • Elaborar o hablar las reglas o normas, su necesidad y las condiciones en las que se deben cumplir con nuestros hijos/as. Por ejemplo, por qué es necesario lavarse los dientes o, avisar cuando se va a llegar tarde o, no mentir, etc.
  • Para evitar la excesiva repetición, tenemos que pensar qué consecuencias puede tener el incumplimiento de cada una de las normas. Y tratar de llegar a un acuerdo en este punto.
  • En los dos pasos anteriores se ha de ser flexible. Contar con todos los puntos de vista, y ceder un poco para que nuestros hijos e hijas aprendan igualmente a ceder.
  •  A partir de aquí, para que el proceso discurra positivamente se ha de ser firme. Y ser firme quiere decir cumplir lo hablado. No permitirles en ningún momento traspasar el límite, sin excepciones.

A partir del momento en que quede todo definido, hay que cumplir a rajatabla lo decidido. Si se incumple, por ejemplo permitiendo que llegue más tarde, y no teniendo consecuencias el siguiente día, el modelo deja de funcionar.

Hay algunas situaciones en las que la elaboración de unas normas, e incluso la manera de imponerlas, pueden ser menos participativas y dialogantes. Y son aquellas en que existe peligro para la vida o para la salud de tu hijo/a. En estos casos no existe la opción del incumplimiento por su parte. Por ejemplo, lavarse los dientes o la toma de medicamentos, circunstancias peligrosas como acercarse a las ventanas o cruzar las calles sin mirar, etc.

Está comprobado que en un ambiente disciplinado, es más fácil la convivencia, se desarrolla una autoestima más alta, nuestros hijos e hijas son más autónomos y se van haciendo cada día más responsables, y todos y todas nos sentimos mejor.

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